Mirando por la ventana
me di cuenta
de que yo siempre
había mirado por la ventana,
sin ver lo que había tras ella.
Era una pared.
El encierro me ha hecho extraño,
la soledad enamoradizo, pero
no tengo a nadie.
No rehuyo del amor,
lo llevo siempre en el bolsillo,
pero no puedo dejarme llevar
como las olas por el mar.
Siento en mí la necesidad natural
de comprender y ser comprendido.
No quiero la ficción de los sueños,
sino la realidad dolorosa y sensual
bailando desnuda frente a mi vida.
La almohada no tiene labios
para devolverme mis besos, aunque
estoy seguro de que si pudiera
se pasaría las noches besándome.
Pues sólo ella sabe de mis
lágrimas y noches en vela,
de mis besos y caricias
que ella ha soportado
con verguenza ajena y cierta compacencia.
Ella es mi confidente
mi desahogo
la musa de este poema.
Mi almohada es
lo más parecido al amor que tengo.
Sé que ella me escucha,
pero me soporta y me consuela
y nunca me deja.
Ella no dice nada,
pero se deja acariciar
y besar su piel
seca y sin vida.
A veces es rubia
y otras morena,
en la oscuridad de la noche
ni me fijo en ella,
pero me basta saber
que está ahí conmigo.
Siempre ella
perpétua
etérna.
Mi gran y único
amor etérno.
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